Todo esfuerzo es fútil, asfixiante y aterrador. Ninguna necesidad humana me había llevado a esa comprensión del mundo. Primero eran los días que transcurrían sin mayor importancia que la de sobrevivir a la noche. Las noches por el contrario se hacían agradables, y embadurnaban mi piel con miel. El sentimiento era muy satisfactorio, pero tampoco demasiado importante. Me hubiera gustado ser, entre otras cosas, un muro roto, un pájaro muerto o una flor. No este mortal que cruje y se retuerce ante cualquier ruido. Y sin embargo, morir. En medio de todos los buenos sentimientos que pudiera albergar la vida, sólo quería morir. Ser algo inerte, estar muerto, o no tener consciencia. Mi voz fluía entre pensamientos suicidas, morbosos accidentes de tráfico, enervantes confrontaciones con la familia y decepcionantes citas con el psiquiatra. En aquellos momentos preferiría asesinarlo antes de echarme a llorar porque me recordaba lo auténticamente absurda y leve que era la existencia. Me hubiera gustado un poco más de diversión, ¿me habré vuelto viejo en tan poco tiempo? Veo en mi cabellera canas blancas que no hacen más que asomarse, casi burlándose de mí. ¿Conservo algo de amor propio, dignidad y fuerzas para acribillarlos a todos a balazos? Me hubiera gustado ser un asesino en vez de un dramático deprimido. Veo el tiempo pasar por todos lados, casi corriendo llegan al último eslabón de la existencia humana. Todas las preguntas que pudiera hacerse alguien no son más que estupideces. La infelicidad me absorbe, me estrangula. Y de entre todos mis lamentos, un puño negro sale de mi boca, para querer hacerme vomitar hasta el último recuerdo bueno que tuve en mi infancia. No me quejo tampoco mucho. Con ser una piedra, un animal muerto o una flor. Si tan solo pudiera ser una flor, me digo, al menos podría gozar de la belleza finita que tienen. Si tan solo fuera un animal muerto podría, entre otras cosas, dejarme consumir por los gusanos hasta ser nada más que huesos y olor nauseabundo. Y si fuera un muro roto, si allí al menos se posaran los pájaros, y los enamorados se apoyasen en él, mientras que, en forma inerte no hago más que fundirme con el paisaje. Ellos se besarían llenos de amor y complicidad mientras que yo sucumbiría a la intemperie, el sol, el viento y la lluvia. No podría imaginar nada más hermoso que ser algo que no está vivo. Porque no esperaría nada de lo que está vivo, ni de los vivos, ni de los muertos. Estando allí, para siempre, entre el polvo de los ojos de alguien, entre los abismos del amor, la melancolía y el último de los deseos humanos: "no quiero morir hoy, pero sé que lo haré".
"No podría imaginar nada más hermoso que ser algo que no está vivo."
ResponderEliminarYo suelo fantasear precisamente con esto mismo... Me siento mucho más acogida por el asfalto que por un abrazo de alguien que me quiera. Pienso que si fuera un muro, o un muerto, o una planta, o bien no tendría boca o bien ya no sería capaz de moverla, y nadie jamás de los jamases podría obligarme a decir lo que pienso en voz alta. Podría eternamente observar y sentir lo que a mi alrededor pasa, o al menos hasta que me desintegrara o me descompusiera. Ánimo.
Gracias por tu comentario querido anónimo.
EliminarEntiendo la sensación de hablar en voz alta. A veces puede jugarnos malas pasadas. El sentimiento de morir es peor que el de no ser nada. Ánimo para ti también, espero que no sufras demasiado, yo estoy bien, sólo estoy melancólico.