Me despierto alegre y feliz de estar vivo, por eso me dirijo a la cocina y cojo una escopeta de entre los cubiertos, luego regreso a mi cuarto, me siento en el suelo, abro la boca y me llevo la escopeta a la garganta. Antes de disparar pienso en Dios, mi madre, una chica, un perro oliéndose el trasero y después me pego un tiro.
lunes, 17 de mayo de 2021
miércoles, 12 de mayo de 2021
Paranoias y asfixias
Ni el silencio, ni el ruido me representan. Y desde el abismo que caí todo se llena de oscuridad. El clima es insoportable, el cielo está gris. La gente camina hipnotizada. Dentro de mí un agujero tosco, y sangre amarilla. No es un lamento, es la disección de un grito. Los gigantes devoran media humanidad. Dentro de casa no hay nada que me alivie. Y cuándo pienso en todo lo que significa la vida me retuerzo de risa. Pongo una expresión desencajada de pálido frío y ojos en fuego, los labios se me contraen y empiezo a temblar en medio de la ciudad. Pánico y asfixia, morir atragantado con un trozo de manzana, morir sin poder pedir ayuda. Si al menos no me diera miedo tragar un trozo de manzana, todo sería más digerible. Miedo que toda la gente que conozco se atragante a la vez. Arcadas y flores. En medio de la tempestad un rugido humano desesperado por no ser devorado. Los días suceden a los días, y así, todos los mismos santos días. Maldigo.
Mis manos son cuervos, y con ellas me sacaré los ojos. Picotearé mi nariz hasta arrancar el cartílago moribundo y seré un monstruo. Camino cabizbajo por la ciudad mientras concibo una existencia menos dolorosa. Llevo algunas monedas en el bolsillo así que decido ira ver a los vagabundos. Por el camino compro un paquete de cigarrillos. Llego a la plaza dónde suelen reunirse y veo que están M y N. Saludo desde lejos y voy a un supermercado, me compro un litro de cerveza y una botella de vino. Llevo en el bolsillo un abrecorchos. Me siento al lado de M, y le digo, tenga es para usted. Se alegra y me sonríe, que cómo estoy, que dónde he estado. Niego con la cabeza, no hay mucho qué contar. Mientras M bebe tragos largos a la cerveza, abro el vino. Y saco los cigarrillos y se los doy. Le digo que los cuide hasta la noche, que sobre las 10 me voy a casa. Lo entiende, agradece y asiente con la cabeza. Luego me acerco a N, y le ofrezco un poco de vino, y él con viva sonrisa acepta y bebe unos tragos mientras se me acerca, ebrio de droga y de alcohol y me dice que soy un príncipe hermoso, que se va a echar a llorar, que si le quiero, que vive en la calle, que está harto de todo. Luego me muerde a la altura del hombro, y le sonrío, le digo que la vida es horrible, pero que al menos tenemos vino. Y dice que sí, que tenemos vino, y bebemos juntos mientras Mario bebe como un señor su litro y el tiempo se va haciendo cada vez más acogedor. Suenan las campanas de la iglesia, y no hay nada que me importe más que estar sumergido en ese fango humano. Las decepciones, el cansancio, la irresponsabilidad, un mal comentario, un coche atropellándome de madrugada. Una ambulancia, una navaja, veinte pastillas, ganas de saltar desde la azotea, de tener un revólver y reventarme la boca. Bebemos hasta embriagarnos y mientras él saca un porro y me dice que si quiero, le digo que sí, me acerco a M y le pido un cigarrillo. Lo enciendo y no hay nada que nos pueda alejar de la tierra que no sea fumar con buenos amigos. El mundo es un desastre, nada puede perdonarme el pecado de haber nacido.
Mareado me tumbo de espaldas a la pared y me dejo deslizar hasta llegar al suelo. N se tumba también y me dice que tenemos que escuchar música. Saca su teléfono y pone canciones de rock antiguas. Mientras me cuenta mil tonterías de sus años jóvenes. Pero de golpe me maldigo a mí mismo perdiendo el tiempo. Pienso en los días que devoran días y me aterrorizo. Me levanto confundido. Me despido de la gente y empiezo a caminar. Por el camino pienso en flores mientras me entran arcadas por haber bebido tanto vino. Y sueño conque me atraganto con mi propia lengua. Siento frío, estoy pálido y mis ojos arden entre lágrimas. Tengo un grito mudo en el interior de mi garganta que no quiere salir. Camino hipnotizado y cansado. Pensando dónde caerme muerto. Llego a casa y veo a mi padre durmiendo en el sofá, no hago mucho ruido y voy hasta mi habitación y me tumbo en la cama.
martes, 11 de mayo de 2021
Día de risas
Me levanto de buen humor y con una risa incontrolable. No podría estar más contento, pero mi risa es tortuosa, casi como un lamento. Me digo que hoy será un grandioso día y cojo una escopeta y me la llevo la boca, pero me río, y así no hay quién se tome nada en serio. Salgo de casa a dar un paseo, me encuentro con un funeral y me río; luego con gente muy triste porque han atropellado a un gato, y me río; más tarde con otra gente que sufre en silencio mientras camina cabizbaja y me río. Vuelvo del paseo y me encuentro con mi padre, que me saluda serio y con una risa le digo, qué tal padre. Me llama mi madre por teléfono y me río. Sigo riendo hasta que llego a mi cuarto y vuelvo a coger la escopeta y me la llevo a la boca y me río de nuevo. Y mientras suena el timbre, la gente pasea, las plantas beben agua sucia, y el cielo no se mueve, entre risas me pego un tiro.
Un buen día
Nací perforando lo sagrado y llorando infames súplicas moribundas. Vomitando a la luz por pura inercia biológica. Y sin embargo, me veo a mí mismo saboteando los enchufes para que alguien se electrocute. Después envenenado la fruta con jeringas llenas de pastillas molidas. Nada nuevo para mí, todo es el mismo drama de siempre. Intentos torpes de volver más ridícula la realidad. Nada nuevo por ningún lado, ni tampoco grandes paridores de abismos. Tiempo en silencio, asesinatos psicológicos y ultraenamoramientos. Si tan solo tuviera algo real en mi vida. No esta farsa... Me odio tanto que me dan ganas de vomitar hasta morir. Pero hoy será un buen día.
Tengo quince años y estoy caminando por el descampado de camino hacia el Instituto. Escucho música violenta que reza sobre aplastar cráneos con los pies y reventar bocas a puñetazos, de quemar profesores y asesinar patéticos insectos. Siempre he sido un resentido, no puedo evitar esta condición en mi interior. Pero la distancia entre los quince y el ahora es sólo una ilusión. Hay mucho ruido en mi cabeza, todo son sensaciones inverosímiles, atentados contra la normalidad mental. Basura sobre la mesa, fruta podrida, y gente disparándose. Estoy harto de todo esto, me pudre tanta inercia maldita, la gente con sus sonrisas falsas, y sus infames vocesillas redentoras de la más horrible ofensa humana: la sucia hipocresía. Me gustaría acabar con todos, estoy hambriento por verlos desvanecerse. Pero no soy un profeta, ni tampoco un hombre libre. Sólo alguien que camina por el descampado y va buscando en cada rincón algo de autenticidad. No soy un ser humano sólido y ejemplar, pero al menos no soy un pussy falso e hipócrita.
He tenido un mal día, mi madre ha vuelto a coger del cuello y reventado la boca a bofetones. Entonces voy hartísimo al Instituto, buscando tranquilizar algo en mi cabeza. Agua oxigenada, vapores, azulejos limpios, una línea divisoria que alimente la imaginación y no me haga entrar de nuevo en el mismo bucle asfixiante de los horrores. Me retumban los oídos por la música fuerte y debajo de mi máscara una lágrima; debajo de mis ojos, la ceguera; debajo de mis labios, un insulto; debajo de mi respiración, un muerto próximo esperando su turno... y debajo del Amor, falsos sueños y trampas familiares.
En clase escucho un rumor, me giro y está el retrasado de siempre intentando aparentar que tiene algo especial escondido en la cabeza. Me pongo en pie, me acerco a la ventana, miro a través de ella. Cerca gente caminando, una clase en educación física. Lejos, el descampado, la biblioteca, mi casa. Después hago cálculos, un parte, tiempo de expulsión: tendría más tiempo para sabotear mi casa con pequeñas trampas mortales para mis padres. Podría pasar tiempo con mi hermana, aunque no hable mucho. Dudo un poco, pero al final me decido, me acerco al chico que suelta rumores sobre la gente, le pregunto la hora. Mira su móvil y le estampo un codazo hacia abajo en la cabeza, luego me lanzo sobre él y empiezo a reventarle la cara a puñetazos, mientras con mi peso impido que se mueva de allí. Me relamo los labios y busco su nariz para dejarla plana. Separo sus brazos, como si fueran las piernas de su madre, y con la frente empiezo a mermar su nariz. En pleno forcejeo me ha metido un dedo en el ojo y mientras afino la pupila con el ojo que sigue bien me pego a su oreja y le jadeo en el oído que debería tener la lengua más corta. Vienen dos profesores que me separan de él, y mientras chorrea sangre de su nariz me veo a mí mismo excitado y ardiendo, casi como si acabara de hacer el amor con un muerto.
En el despacho de la directora, me intimidan con llamadas de teléfono y posibles denuncias. Pero conservo la calma y mantengo el mentón en alto. la directora me interroga. Le cuento lo que pasó, luego una lágrima asoma por mi lagrimal, y como sé que no puedo quebrarme amenazo con pegarle un tiro si volvía a hablar de mis relaciones familiares, que haga lo que tenga que hacer pero que se dé prisa. Ante esta situación insoportable sólo puedo asentar con la cabeza y guardar silencio. No tengo mucha lucidez ni tampoco mucha inspiración para hacerme el entendido. Violencia verbal, una expulsión y días en casa.
Al llegar a casa me hago una limonada y me encierro en la habitación. Gritos, mudos asfixios de desesperación. Más gritos, golpes en la puerta, que casi mato a un compañero de clase, que tenemos que hablar ahora mismo. Bebo sorbos de la limonada y pienso en que no me apetece salir de la habitación. Y cómo todo se está derrumbando me tumbo en la cama y me quedo dormido hasta que es de madrugada. Nada tiene la relevante importancia cómo para estropear la noche. Miro por la ventana y calculo unos siete metros. No me haría mucho daño. No me importa. Entonces, al ver que no hay nadie cerca me pongo de pie en el borde de la ventana, contemplo la madrugada hermosa y fría, la sensación de irrealidad me corroe, y dudo de mis extremidades. Después dejo un pie en el vacío, y mientras me estremezco al no sentir nada, imagino a muchas personas extrañas aplaudiéndome. Sonrío un poco y de súbito más golpes en la puerta. Me amargo ciego y cansado. Tampoco hay ningún lugar a dónde correr. Respiro hondo y salto.
lunes, 10 de mayo de 2021
Una sombra en la azotea
El mundo es un lugar maravilloso, por eso cojo una escopeta y la llevo a mi boca. Después de un rato, entre vacilar y acariciar el gatillo me digo que antes de disparar tendré que hacer algo realmente interesante. Veo por la ventana y apunto imaginariamente a la gente con el dedo, hago bang bang bang innumerables veces. El sentimiento trágico de la vida, la soledad de los infames, las rosas enamoradas del abono. Recuerdo un día feliz en mi vida, la armonía, complicidad familiar, buenos deseos, valores en alto. Un día en el parque, sonriendo y besándome con una novia. Los días de paseos interminables con mis únicos dos amigos sobre la tierra. Y de repente disparos. Nada tiene sentido en este momento. Un monumento hecho de escombros humanos. Animales llorando de hambre y frío. A lo lejos una luz que no me llama, y nadie pronuncia mi nombre. Un amigo muerto, dos perros ladrando y muchas moscas cerca del cadáver. Me río un poco, por puro compromiso. Arqueo las cejas y dejo la escopeta sobre la cama. Me digo que si voy a disparar tendré que estar en óptimas circunstancias. Dejar de pensar debe ser una de las sensaciones más satisfactorias del ser humano, sino, no me explicaría por qué nos encanta desconectar nuestra mente y dormir. Mil mariposas me esperan después del certamen. Voy al baño y lleno la bañera con agua. Luego me desnudo y entro en ella. Abrazado por el líquido, me abruma tanta nobleza. Me enjabono y me hundo en la bañera hasta no aguantar más el aire. Los demonios se evaporan dentro del agua fría, los ángeles tocan canciones lúgubres... Me encuentro demasiado cómodo y bien, pero no me importa. Y si todo va bien, por qué, entonces, ¿morir? Estoy a punto de desertar mi propio suicidio, pero entonces suena el teléfono. Me reincorporo desnudo y mojado, camino por el pasillo a pie descalzo y cojo el teléfono. Es mi madre la que me habla, y empieza a quejarse de mil nimiedades y tonterías que sólo podrían afectarle a ella. Escucho y callo, y como venganza, me digo, no le dejaré ninguna palabra de despedida. Sigo escuchando, respondo con monosílabos, eres un demonio con el pelo largo. Después con un seco "no" me despido y vuelvo a la bañera. Luego me entra una pena profunda y desoladora. Intento relajarme, pero me tiembla el pulso. Gesticulo un puño, arqueo los hombros, y voy a la habitación. No siento indiferencia, sólo estoy aterrado. Y mientras me visto, cojo una chaqueta antigua que me obsequió un amigo. También cojo unas gafas de sol y una gorra. Salgo a la calle sin ninguna esperanza sobre la vida, ni tampoco con un objetivo claro, pero (...) Son las 3 de la mañana y me despierto de súbito. Mil memorias atosigan mi frágil mente, sin embargo intento esquivarlas. Hace una madrugada fría y apacible. Todo el mundo está durmiendo, nadie sospecha de mí. Me asomo por la ventana, y respiro aire puro. Luego voy a la cama, y de debajo de ella saco algo. Arrastro la escopeta hasta mi pecho y me siento en el sofá negro que tengo en la habitación. Pero lo pienso dos veces. Tomo una decisión importante. Me precipito hacia la puerta de casa y salgo. Subo las escaleras hasta estar en la azotea de la urbanización. Me siento con las piernas cruzadas y deposito la escopeta a un lado, sobre mis piernas. Y empiezo reflexionar sobre todo lo que había sido mi vida. No me alarmo, ni me contradigo, ni tampoco me sobrecoge ningún sentimiento de tristeza. Luego viene a mi mente un sonido. Y me tumbo boca arriba a esperar a que el tiempo pase y se haga de día. Entre el sueño y la vigilia me encuentro disfrutando de mis últimas horas. Me lamo los labios y suspiro cansado mientras la noche parpadea y de un momento a otro toda la oscuridad se disipa. Veo un hermoso amanecer rojizo y naranja. Veo nubes imposibles y cómo sopla el cielo sobre sus propios párpados. Me sonrío, pienso en el último adiós, en la levedad de los propios problemas, de haber amado poco, de haber odiado con mucha intensidad, en las sobras de la cena, en los animales muertos de pánico ante un ruido fuerte;... pienso en todo lo bueno del mundo y no me es suficiente, pienso en la decepción, en el amor fallido, en las vísceras, en colmillos y fauces, en toros aplastando cráneos, en cocodrilos tragando animales, y serpientes inyectando veneno... llevo la escopeta a mi boca. Dejo de pensar en todo, respiro pesadamente. Escucho un grito desesperado desde casa, me pongo muy triste, me tiembla el pulso y cuándo logro ver una sombra aproximándose desde la puerta de la azotea mi dedo se desliza y presiona el gatillo.
sábado, 8 de mayo de 2021
Pinchazo
viernes, 7 de mayo de 2021
Un amigo se ha comprado un revólver
Un amigo se ha sacado la licencia de armas y se ha comprado un revólver. Se lo he pedido prestado. Me dice que las balas no me las da, pero que sí me puede prestar el revólver siempre y cuándo no vaya a hacer ninguna estupidez. Me siento la persona más afortunada del mundo, tanto que empiezo a tener la costumbre de dormir con el revólver. Durante más o menos una semana. Más tarde me acercaría a la armería de la ciudad a preguntar por balas para el revólver. Cuándo el encargado me pregunta que para qué son las balas, le digo que son para disparar en el campo de tiro. Voy bien vestido, haciéndome pasar por uno de esos fanáticos de los disparos. Luego cojo con determinación el revólver y lo cargo en casa. Empiezo a hacer una lista de las personas a las que acribillaría a balazos. Me digo qué me preguntaría un juez, "tiene usted armas de fuego en su casa", no. Dueño y señor de un revólver me dirijo al antiguo instituto dónde estudié. Veo pasar a la nueva directora, pienso si le disparo puedo fallar, mejor a bocajarro. Veo también a otras nauseabundas profesoras. No les tengo especial odio, pero sé que son 10 minutos corriendo desde el instituto hasta casa. Fantaseo un poco, pero no demasiado para no caer en malos vicios. Me acerco a la directora y la saludo con una sonrisa de oreja a oreja. Después veo su fealdad y me espanto. La imagino bebiendo café y chupándole la polla al antiguo director del instituto. Motivo por el que consiguió el puesto. Veo tanta falsedad en la gente que no me importaría ahorrarles la deshonra. Vuelvo a casa caminando. Ordeno un poco la habitación, cojo un folio y escribo una nota: "A mis padres, mi desesperación; a mi hermana mi silencio, y a las personas que amé todo mi odio". Más tarde mi padre llegó del trabajo y charlamos durante la comida sobre el día. Le dije que hoy hacía un día especialmente hermoso. Nos miramos a los ojos, y casi a la vez, sonreímos. Sí, sin duda, dice mi padre, querido muchacho, hoy hace buen tiempo. Mi madre llama desesperada por teléfono, pero no lo cojo. Me alimenta una sensación de bienestar y de tranquilidad, como si hubiera cerrado la puerta con cerrojo. Me tiembla un poco el pulso. Así que cojo unas pastillas y trago. Camino hacia la habitación, pongo una manta en el suelo, pongo un poco de música, me arrodillo, abro la boca y todo deja de importarme.
Un muro, un pájaro muerto y una flor
Todo esfuerzo es fútil, asfixiante y aterrador. Ninguna necesidad humana me había llevado a esa comprensión del mundo. Primero eran los días que transcurrían sin mayor importancia que la de sobrevivir a la noche. Las noches por el contrario se hacían agradables, y embadurnaban mi piel con miel. El sentimiento era muy satisfactorio, pero tampoco demasiado importante. Me hubiera gustado ser, entre otras cosas, un muro roto, un pájaro muerto o una flor. No este mortal que cruje y se retuerce ante cualquier ruido. Y sin embargo, morir. En medio de todos los buenos sentimientos que pudiera albergar la vida, sólo quería morir. Ser algo inerte, estar muerto, o no tener consciencia. Mi voz fluía entre pensamientos suicidas, morbosos accidentes de tráfico, enervantes confrontaciones con la familia y decepcionantes citas con el psiquiatra. En aquellos momentos preferiría asesinarlo antes de echarme a llorar porque me recordaba lo auténticamente absurda y leve que era la existencia. Me hubiera gustado un poco más de diversión, ¿me habré vuelto viejo en tan poco tiempo? Veo en mi cabellera canas blancas que no hacen más que asomarse, casi burlándose de mí. ¿Conservo algo de amor propio, dignidad y fuerzas para acribillarlos a todos a balazos? Me hubiera gustado ser un asesino en vez de un dramático deprimido. Veo el tiempo pasar por todos lados, casi corriendo llegan al último eslabón de la existencia humana. Todas las preguntas que pudiera hacerse alguien no son más que estupideces. La infelicidad me absorbe, me estrangula. Y de entre todos mis lamentos, un puño negro sale de mi boca, para querer hacerme vomitar hasta el último recuerdo bueno que tuve en mi infancia. No me quejo tampoco mucho. Con ser una piedra, un animal muerto o una flor. Si tan solo pudiera ser una flor, me digo, al menos podría gozar de la belleza finita que tienen. Si tan solo fuera un animal muerto podría, entre otras cosas, dejarme consumir por los gusanos hasta ser nada más que huesos y olor nauseabundo. Y si fuera un muro roto, si allí al menos se posaran los pájaros, y los enamorados se apoyasen en él, mientras que, en forma inerte no hago más que fundirme con el paisaje. Ellos se besarían llenos de amor y complicidad mientras que yo sucumbiría a la intemperie, el sol, el viento y la lluvia. No podría imaginar nada más hermoso que ser algo que no está vivo. Porque no esperaría nada de lo que está vivo, ni de los vivos, ni de los muertos. Estando allí, para siempre, entre el polvo de los ojos de alguien, entre los abismos del amor, la melancolía y el último de los deseos humanos: "no quiero morir hoy, pero sé que lo haré".
jueves, 6 de mayo de 2021
Pastillas
En medio de la aceleración mental y de los espasmos me dirijo hacia la plaza principal de la ciudad. Por el camino veo gente fantasma que me mira de reojo y recojo en cada paso la tranquilidad para no volverme loco. De súbito entiendo el significado último de la vida y me sobrecoge. Sigo andando hasta que termino cansado. El mundo se me antoja desagradablemente ponzoñoso. Doy unos pasos más y no encuentro inspiración por ningún lado. Saco un cigarrillo de la caja y lo enciendo. Contemplo el mundo mientras me cuestiono el sentido último de la vida. No le encuentro mucho sentido a mis cavilaciones, pero al menos, me digo, no estoy muerto. Me acaricio la barbilla y me pregunto cuánto tiempo más me durará la farsa. Fingir que estoy haciendo algo se me antoja tortuoso. No tengo grandes ideas, sólo el afán de no fallar ni un sólo día. Recuerdo que tengo cita psiquiátrica el lunes, pero todavía estamos a jueves. Me llega el rumor, sólo por inventar, que alguien ha muerto hoy y que en el tanatorio frente a casa habrá gente y un cadáver. Recuerdo cuándo mi madre se coló en un funeral sólo para ver a un muerto. Yo le acompañaba. Sigo caminando pero esta vez rendido, si al menos, me digo, tuviera algo interesante en la cabeza. ¿Todos estos esfuerzos servirán para algo? No puedo dejarme morir. Todavía es pronto para desangrarse. Entiendo que nada tiene importancia, saco un frasco con pastillas y me las introduzco en la boca como si fueran uvas. Lleno mi boca de pastillas y trago pesadamente. Después me empiezo a sentir mareado y sonrío. Doy unos pasos más hasta desplomarme, y allí, en medio del caos de la ciudad saco fuerzas de dónde sea y me reincorporo, busco una banca y me quedo dormido.
miércoles, 5 de mayo de 2021
2 pm
martes, 4 de mayo de 2021
A A
Todos los días me despierto temprano y me encuentro sumido en una desesperanza absoluta. Me pregunto si hoy también va a ser un mal día. A veces intento dormir un poco más y pocas veces dan las 12 de la mañana y sigo durmiendo. Pero la mañana, de 7 a 8, nunca me la pierdo. Me asomo por la ventana a ver el cielo gris y la noche evaporándose por todas partes. Me siento solo y en medio de una carcajada. Últimamente tengo la ambición de escribir algo, pero siempre me descubro a mí mismo dudando de cada paso que doy. Encadenar palabras no debería ser tan difícil. Luego siento que he perdido por completo la inspiración y que todo se reduce a un ejercicio de cumplir diariamente con algo de prosa. No es más que prosa sin más, como aquel que tiene una rutina, sin más. Luego me animo un poco y escucho música mientras escribo algunas líneas. Pero es asfixiante, no me relaja, me pone de los nervios. ¿Estos diarios son basura o simplemente eso, "diarios"? Un diario sin ningún tipo de interés para la prosperidad. Voy a ir a lavar los platos, mientras me enciendo un cigarrillo y escucho algo de cumbia. Me digo, al menos lavarás los platos mientras escuchas música estridente sobre algún amor de gallina. Me gustaría que todo fluyera con más normalidad, no dedicarme especialmente a la labor de perder la cabeza. Me recorre un sentimiento de nostalgia y de vacío. Como aquel escritor que perdió su cabeza en la nevera, del mismo modo, pierdo yo la mía. Sólo que lo suyo es literatura y lo mío, sólo unas malditas notas sobre un día cualquiera (...) Hoy me he animado un poco, he cogido una gorra y unos auriculares y he salido a dar un paseo, por el camino una mujer fue atropellada por un coche, y del sentido contrario se bajó una familia entera, entre madre, esposo e hijos y fueron a ver a la mujer. Yo paseaba mientras pensaba: tampoco hay que ser tan dramáticos, seguramente esté bien, pero, del mismo modo, me descubro siendo un insensible sin ningún tipo de pudor. Vacilé en mirarlos a todos mientras seguía paseando, pero para cuándo me di cuenta ya había cruzado la calle y estaba camino a casa. Escuché unos discos antiguos de hace mínimo unos 20 años. Qué rápido pasa el tiempo y qué aburrido me resulta el día a día. Mi mayor problema es que me aburro durante el día, y durante la noche me sobrecoge una ligera armoniosa sensación de calidez. Si al menos sintiera calidez durante el día y nostalgia durante la noche. Recordé cuándo Larva y Zoon trajeron absenta y la mezclamos con las cervezas en la cervecería y, mientras charlábamos de mil cosas distintas nuestro único propósito era emborracharnos. (...) Escribir para compensar una necesidad humana. Recuerdo a A escribiendo pocos versos en su poesía e inventando un lugar dónde "se imaginaba escribiendo", nunca entendí lo que quería decir con todo eso, pero, al final, sí que lo entiendo. Una ambición, que sabemos que es complicada de saciar. Porque no siempre se tiene algo que contar. Aún hecho de menos a A. Su muerte fue una de las cosas más desagradables que viví con veinte años.
lunes, 3 de mayo de 2021
Escopeta
Me despierta mi padre por la mañana, me dice que U está abajo con su coche. Le digo que qué quiere, me responde que pregunta por mí. Somnoliento me asomo a la ventana y le saludo. Me pregunta si me apetece ir a echar unos "cigarrillos" y disparar la escopeta, le digo que me de cinco minutos. Regreso a la habitación de mi padre dónde está él tocando la guitarra y le pregunto si puedo ir con U a disparar, me dice que sí. Voy al baño, me aseo y peino hacia atrás. Cojo tabaco, mechero y papelillos. Me perfumo y salgo a la calle. U me abre la puerta de su coche y entro. Me dice "qué pasa marica", y le sonrío, lleno de calidez y armonía. Poca cosa U, poca cosa. Después arranca el motor y con su estilo de conducción suicida empieza a manejar, mientras dejamos de lado la ciudad, pasamos por el instituto y me dice que le grite alguna barbaridad a nuestra ex-profesora de tecnologías. Me río y él se ríe conmigo. Llegamos al descampado cerca del monte y saca de su maletero su escopeta de munición. Nos aproximamos a las rocas y saca polen y empieza a liar un porro. Me regocijo, me siento bien, en medio de todo el caos de la ciudad, estamos apartados de toda la gente, con unos cigarros y con una escopeta. Buscamos latas y botellas en el suelo, las ponemos en un árbol derribado y empezamos a disparar. Apuntamos, aguantamos la respiración y le damos al gatillo, mientas que en lo único que pensamos es en derribar y derriba, estallar y estallarlo todo. No hay ningún otro pensamiento en nuestras cabezas que no sea disparar. Me pasa el arma y pienso en el rostro de una persona y le perforo la nariz. Aunque mi puntería no es la gran cosa logro darle al objetivo. Se hace de tarde, empieza a chispar y luego vamos a su coche a escuchar música y ver algún episodio anime. Más tarde cae la noche, arranca el motor y volvemos a la ciudad. Y en cada aceleración de su coche me contraigo pensando que si nos vamos a estrellar, que si este será el último paseo que de en coche antes de dejar de existir.
domingo, 2 de mayo de 2021
Paseo de madrugada
Son las 2 de la mañana. Cojo una chaqueta, los cigarrillos y salgo a la calle. Camino por la ciudad hasta llegar a la avenida principal, mientras miro las farolas que alumbran la noche. No hay ni un alma en la calle y eso me hace sentir bien. Pienso caminar durante toda la noche, sin que nadie perturbe mi paz mental. Imaginando en métodos de suicidio originales. Por ejemplo, suicidándote tirándote de cabeza desde un árbol pequeño. También me refugio y abstraigo encendiendo un cigarrillo y fumando como quién da un paseo satisfactorio. La noche es noche en cualquier lugar, y en cualquier lugar de noche hace frío, así que cierro mi chaqueta y por pura costumbre llevo mi mano al bolsillo derecho. Allí encuentro una navaja. Lo cuál me hace pensar en qué habrá en el otro bolsillo. Llevo la mano y me encuentro un frasco de pastillas.
No me importaba el toque de queda porque para mí era de vital importancia dar un paseo nocturno. En medio del paseo decidí sentarme en las bancas de piedra de la plaza. Mientras algunos vagabundos dormían, algunas cucarachas trepaban por los muros. Mientras yo hacía guardia vigilando que los vagabundos durmieran plácidamente y las cucarachas encontrasen su lugar en el mundo. Le dediqué un pensamiento armonioso y lleno de cariño a mi madre, pero me esforzaba demasiado. Pensé en mi padre, que estaría durmiendo hasta las seis de la mañana. Luego dejé de pensar, me reconfortaba estar allí, simplemente estando allí.
Me puse en pie y seguí caminando hasta llegar al centro de la ciudad. La noche estaba completamente desnuda. Era hermosa y solitaria. Casi como los ojos de una desconocida, en medio de la noche las estrellas brillaban con especial calidez, abrigándome y alimentándome. Respiraba aire puro mientras pensaba en todas las cosas buenas que podía hacer con mi vida. A fin de cuentas todavía era joven y tenía muchas cosas por hacer.
A lo lejos una luz azul interrumpió mi paseo. Pero seguí caminando. Sin embargo el coche se acerca lentamente hacia mí hasta terminar frente mío. Miro las luces y sigo caminando. Una voz me dice que me detenga. Me giro y obedezco. Se baja un policía que me dice si no sé qué horas son, le respondo que me era completamente indiferente que tenía una cita importante. Algo sórdido y engreído me dice que si no sé que hay toque de queda para deambular por la calle. Le digo que sí, lo sabía, pero que tenía que hacer algo importante. El otro policía se baja del coche también y con su linterna me enfoca a la cara. Me piden documentación.
Resoplo y les digo que no tengo nada encima. Me dicen que estoy en problemas por estar caminando a esas horas de noche. Me llevo las manos a los bolsillos. Me preguntan si fumo. Les digo que sí. Recalcan que si fumo droga. Les digo que no. Les miro a los ojos, después vacilo. Me sonrío un poco y les pregunto si fuman. No les hace gracia la pregunta y siguen interrogándome.
En un descuido, mientras el policía habla con su compañero me apresuro a coger la navaja por el mango dentro de la chaqueta. Pienso que son dos, que lo tengo bastante complicado. Así que cojo el frasco con pastillas y lo saco del bolsillo. Les digo que voy a hacer un truco de magia, que me voy a suicidar. Me miran perplejos y atónitos. Después me dicen que entre en el coche. Les digo que no hace falta tanta brusquedad. Me preguntan si soy paciente de la USM, les digo que sí. En el coche escucho cómo llaman a una ambulancia.
Cuando llega la ambulancia me dicen que estoy alterando el espacio público y que probablemente tengan que ajustar mi dosis. Les miro con asco y burla. Saco la navaja y me la pongo en la muñeca, a que me rajo, cabrón, les grito. Abren sus ojos como torpes topos, completamente inútiles no me habían registrado. Saco la lengua y empiezo a cantar mil obscenidades, así hasta que uno de ellos me tira un puñetazo en la cara que me hace caer al suelo y el otro me quita la navaja. Luego dicen, puto friki, está loco.
Los de la ambulancia son simpáticos conmigo, así que me atan las muñecas y me dejan tumbado en la camilla mientras el chófer de la ambulancia coge el volante y empieza a conducir. En el camino hacia el psiquiátrico pienso que nadie tiene sentido del humor. Luego me pregunto si mis intenciones no son del todo claras.
Una vez llegados allí, un psiquiatra se acerca a mí y me dice que si he sido un chico malo. Le digo la verdad, que me jodieron un importante paseo, me dice que no me preocupe, que cuándo suba a planta podré pasear todo lo que quiera, que podré tomar pastillas, que podrán pincharme, que podré irme a dormir a las 11 de la noche, y que podré no hacer nada, simplemente aburrirme. Le digo que tengo que confesarle algo, pero saca de su bolsillo un test covid, me dice que no me mueva y me introduce el bastoncillo por la nariz mientras me retuerzo jocoso. Le digo que me desate una mano. Pero niega con la cabeza.
Después me arrepiento un poco, no mucho pero sí un poco. Y mientras la madrugada se acaba empiezo a reírme solo. Las enfermeras de la planta de urgencias psiquiátricas apagan la luz, pero yo sigo riendo. Si en realidad, me digo, este puto sitio me gusta. Pienso, entre carcajadas, de nuevo sentado en esta mesa blanca, rodeado de mujeres bipolares, apelmazado por las pastillas... en un oasis cálido ajeno a mi hogar. No me quejo, al menos estoy de nuevo en casa.
sábado, 1 de mayo de 2021
Inhóspita
Me desperté empapado en sudor amarillo. Quedé inmóvil contra la pared rezagado esperando a que pasaran algunos minutos antes de salir de la habitación. Lo que me esperaba fuera no era nada que pudiera aliviar la madrugada. Caminé por el pasillo de casa hasta llegar a la mesa del ordenador y allí vi a mi padre prácticamente con la cabeza descoyuntada y durmiendo mientras se reproducían tutoriales de guitarra clásica. Vi el reloj de la cocina y eran las cuatro de la mañana. Bebí un vaso de agua y volví a la cama, mientras repetía en mi cabeza que hoy no sería el día, que hoy no.