domingo, 2 de mayo de 2021

Paseo de madrugada

 Son las 2 de la mañana. Cojo una chaqueta, los cigarrillos y salgo a la calle. Camino por la ciudad hasta llegar a la avenida principal, mientras miro las farolas que alumbran la noche. No hay ni un alma en la calle y eso me hace sentir bien. Pienso caminar durante toda la noche, sin que nadie perturbe mi paz mental. Imaginando en métodos de suicidio originales. Por ejemplo, suicidándote tirándote de cabeza desde un árbol pequeño. También me refugio y abstraigo encendiendo un cigarrillo y fumando como quién da un paseo satisfactorio. La noche es noche en cualquier lugar, y en cualquier lugar de noche hace frío, así que cierro mi chaqueta y por pura costumbre llevo mi mano al bolsillo derecho. Allí encuentro una navaja. Lo cuál me hace pensar en qué habrá en el otro bolsillo. Llevo la mano y me encuentro un frasco de pastillas.

No me importaba el toque de queda porque para mí era de vital importancia dar un paseo nocturno. En medio del paseo decidí sentarme en las bancas de piedra de la plaza. Mientras algunos vagabundos dormían, algunas cucarachas trepaban por los muros. Mientras yo hacía guardia vigilando que los vagabundos durmieran plácidamente y las cucarachas encontrasen su lugar en el mundo. Le dediqué un pensamiento armonioso y lleno de cariño a mi madre, pero me esforzaba demasiado. Pensé en mi padre, que estaría durmiendo hasta las seis de la mañana. Luego dejé de pensar, me reconfortaba estar allí, simplemente estando allí.

Me puse en pie y seguí caminando hasta llegar al centro de la ciudad. La noche estaba completamente desnuda. Era hermosa y solitaria. Casi como los ojos de una desconocida, en medio de la noche las estrellas brillaban con especial calidez, abrigándome y alimentándome. Respiraba aire puro mientras pensaba en todas las cosas buenas que podía hacer con mi vida. A fin de cuentas todavía era joven y tenía muchas cosas por hacer.

A lo lejos una luz azul interrumpió mi paseo. Pero seguí caminando. Sin embargo el coche se acerca lentamente hacia mí hasta terminar frente mío. Miro las luces y sigo caminando. Una voz me dice que me detenga. Me giro y obedezco. Se baja un policía que me dice si no sé qué horas son, le respondo que me era completamente indiferente que tenía una cita importante. Algo sórdido y engreído me dice que si no sé que hay toque de queda para deambular por la calle. Le digo que sí, lo sabía, pero que tenía que hacer algo importante. El otro policía se baja del coche también y con su linterna me enfoca a la cara. Me piden documentación.

Resoplo y les digo que no tengo nada encima. Me dicen que estoy en problemas por estar caminando a esas horas de noche. Me llevo las manos a los bolsillos. Me preguntan si fumo. Les digo que sí. Recalcan que si fumo droga. Les digo que no. Les miro a los ojos, después vacilo. Me sonrío un poco y les pregunto si fuman. No les hace gracia la pregunta y siguen interrogándome.

En un descuido, mientras el policía habla con su compañero me apresuro a coger la navaja por el mango dentro de la chaqueta. Pienso que son dos, que lo tengo bastante complicado. Así que cojo el frasco con pastillas y lo saco del bolsillo. Les digo que voy a hacer un truco de magia, que me voy a suicidar. Me miran perplejos y atónitos. Después me dicen que entre en el coche. Les digo que no hace falta tanta brusquedad. Me preguntan si soy paciente de la USM, les digo que sí. En el coche escucho cómo llaman a una ambulancia.

Cuando llega la ambulancia me dicen que estoy alterando el espacio público y que probablemente tengan que ajustar mi dosis. Les miro con asco y burla. Saco la navaja y me la pongo en la muñeca, a que me rajo, cabrón, les grito. Abren sus ojos como torpes topos, completamente inútiles no me habían registrado. Saco la lengua y empiezo a cantar mil obscenidades, así hasta que uno de ellos me tira un puñetazo en la cara que me hace caer al suelo y el otro me quita la navaja. Luego dicen, puto friki, está loco.

Los de la ambulancia son simpáticos conmigo, así que me atan las muñecas y me dejan tumbado en la camilla mientras el chófer de la ambulancia coge el volante y empieza a conducir. En el camino hacia el psiquiátrico pienso que nadie tiene sentido del humor. Luego me pregunto si mis intenciones no son del todo claras.

Una vez llegados allí, un psiquiatra se acerca a mí y me dice que si he sido un chico malo. Le digo la verdad, que me jodieron un importante paseo, me dice que no me preocupe, que cuándo suba a planta podré pasear todo lo que quiera, que podré tomar pastillas, que podrán pincharme, que podré irme a dormir a las 11 de la noche, y que podré no hacer nada, simplemente aburrirme. Le digo que tengo que confesarle algo, pero saca de su bolsillo un test covid, me dice que no me mueva y me introduce el bastoncillo por la nariz mientras me retuerzo jocoso. Le digo que me desate una mano. Pero niega con la cabeza.

Después me arrepiento un poco, no mucho pero sí un poco. Y mientras la madrugada se acaba empiezo a reírme solo. Las enfermeras de la planta de urgencias psiquiátricas apagan la luz, pero yo sigo riendo. Si en realidad, me digo, este puto sitio me gusta. Pienso, entre carcajadas, de nuevo sentado en esta mesa blanca, rodeado de mujeres bipolares, apelmazado por las pastillas... en un oasis cálido ajeno a mi hogar. No me quejo, al menos estoy de nuevo en casa.


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