Nací perforando lo sagrado y llorando infames súplicas moribundas. Vomitando a la luz por pura inercia biológica. Y sin embargo, me veo a mí mismo saboteando los enchufes para que alguien se electrocute. Después envenenado la fruta con jeringas llenas de pastillas molidas. Nada nuevo para mí, todo es el mismo drama de siempre. Intentos torpes de volver más ridícula la realidad. Nada nuevo por ningún lado, ni tampoco grandes paridores de abismos. Tiempo en silencio, asesinatos psicológicos y ultraenamoramientos. Si tan solo tuviera algo real en mi vida. No esta farsa... Me odio tanto que me dan ganas de vomitar hasta morir. Pero hoy será un buen día.
Tengo quince años y estoy caminando por el descampado de camino hacia el Instituto. Escucho música violenta que reza sobre aplastar cráneos con los pies y reventar bocas a puñetazos, de quemar profesores y asesinar patéticos insectos. Siempre he sido un resentido, no puedo evitar esta condición en mi interior. Pero la distancia entre los quince y el ahora es sólo una ilusión. Hay mucho ruido en mi cabeza, todo son sensaciones inverosímiles, atentados contra la normalidad mental. Basura sobre la mesa, fruta podrida, y gente disparándose. Estoy harto de todo esto, me pudre tanta inercia maldita, la gente con sus sonrisas falsas, y sus infames vocesillas redentoras de la más horrible ofensa humana: la sucia hipocresía. Me gustaría acabar con todos, estoy hambriento por verlos desvanecerse. Pero no soy un profeta, ni tampoco un hombre libre. Sólo alguien que camina por el descampado y va buscando en cada rincón algo de autenticidad. No soy un ser humano sólido y ejemplar, pero al menos no soy un pussy falso e hipócrita.
He tenido un mal día, mi madre ha vuelto a coger del cuello y reventado la boca a bofetones. Entonces voy hartísimo al Instituto, buscando tranquilizar algo en mi cabeza. Agua oxigenada, vapores, azulejos limpios, una línea divisoria que alimente la imaginación y no me haga entrar de nuevo en el mismo bucle asfixiante de los horrores. Me retumban los oídos por la música fuerte y debajo de mi máscara una lágrima; debajo de mis ojos, la ceguera; debajo de mis labios, un insulto; debajo de mi respiración, un muerto próximo esperando su turno... y debajo del Amor, falsos sueños y trampas familiares.
En clase escucho un rumor, me giro y está el retrasado de siempre intentando aparentar que tiene algo especial escondido en la cabeza. Me pongo en pie, me acerco a la ventana, miro a través de ella. Cerca gente caminando, una clase en educación física. Lejos, el descampado, la biblioteca, mi casa. Después hago cálculos, un parte, tiempo de expulsión: tendría más tiempo para sabotear mi casa con pequeñas trampas mortales para mis padres. Podría pasar tiempo con mi hermana, aunque no hable mucho. Dudo un poco, pero al final me decido, me acerco al chico que suelta rumores sobre la gente, le pregunto la hora. Mira su móvil y le estampo un codazo hacia abajo en la cabeza, luego me lanzo sobre él y empiezo a reventarle la cara a puñetazos, mientras con mi peso impido que se mueva de allí. Me relamo los labios y busco su nariz para dejarla plana. Separo sus brazos, como si fueran las piernas de su madre, y con la frente empiezo a mermar su nariz. En pleno forcejeo me ha metido un dedo en el ojo y mientras afino la pupila con el ojo que sigue bien me pego a su oreja y le jadeo en el oído que debería tener la lengua más corta. Vienen dos profesores que me separan de él, y mientras chorrea sangre de su nariz me veo a mí mismo excitado y ardiendo, casi como si acabara de hacer el amor con un muerto.
En el despacho de la directora, me intimidan con llamadas de teléfono y posibles denuncias. Pero conservo la calma y mantengo el mentón en alto. la directora me interroga. Le cuento lo que pasó, luego una lágrima asoma por mi lagrimal, y como sé que no puedo quebrarme amenazo con pegarle un tiro si volvía a hablar de mis relaciones familiares, que haga lo que tenga que hacer pero que se dé prisa. Ante esta situación insoportable sólo puedo asentar con la cabeza y guardar silencio. No tengo mucha lucidez ni tampoco mucha inspiración para hacerme el entendido. Violencia verbal, una expulsión y días en casa.
Al llegar a casa me hago una limonada y me encierro en la habitación. Gritos, mudos asfixios de desesperación. Más gritos, golpes en la puerta, que casi mato a un compañero de clase, que tenemos que hablar ahora mismo. Bebo sorbos de la limonada y pienso en que no me apetece salir de la habitación. Y cómo todo se está derrumbando me tumbo en la cama y me quedo dormido hasta que es de madrugada. Nada tiene la relevante importancia cómo para estropear la noche. Miro por la ventana y calculo unos siete metros. No me haría mucho daño. No me importa. Entonces, al ver que no hay nadie cerca me pongo de pie en el borde de la ventana, contemplo la madrugada hermosa y fría, la sensación de irrealidad me corroe, y dudo de mis extremidades. Después dejo un pie en el vacío, y mientras me estremezco al no sentir nada, imagino a muchas personas extrañas aplaudiéndome. Sonrío un poco y de súbito más golpes en la puerta. Me amargo ciego y cansado. Tampoco hay ningún lugar a dónde correr. Respiro hondo y salto.
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