En medio de la aceleración mental y de los espasmos me dirijo hacia la plaza principal de la ciudad. Por el camino veo gente fantasma que me mira de reojo y recojo en cada paso la tranquilidad para no volverme loco. De súbito entiendo el significado último de la vida y me sobrecoge. Sigo andando hasta que termino cansado. El mundo se me antoja desagradablemente ponzoñoso. Doy unos pasos más y no encuentro inspiración por ningún lado. Saco un cigarrillo de la caja y lo enciendo. Contemplo el mundo mientras me cuestiono el sentido último de la vida. No le encuentro mucho sentido a mis cavilaciones, pero al menos, me digo, no estoy muerto. Me acaricio la barbilla y me pregunto cuánto tiempo más me durará la farsa. Fingir que estoy haciendo algo se me antoja tortuoso. No tengo grandes ideas, sólo el afán de no fallar ni un sólo día. Recuerdo que tengo cita psiquiátrica el lunes, pero todavía estamos a jueves. Me llega el rumor, sólo por inventar, que alguien ha muerto hoy y que en el tanatorio frente a casa habrá gente y un cadáver. Recuerdo cuándo mi madre se coló en un funeral sólo para ver a un muerto. Yo le acompañaba. Sigo caminando pero esta vez rendido, si al menos, me digo, tuviera algo interesante en la cabeza. ¿Todos estos esfuerzos servirán para algo? No puedo dejarme morir. Todavía es pronto para desangrarse. Entiendo que nada tiene importancia, saco un frasco con pastillas y me las introduzco en la boca como si fueran uvas. Lleno mi boca de pastillas y trago pesadamente. Después me empiezo a sentir mareado y sonrío. Doy unos pasos más hasta desplomarme, y allí, en medio del caos de la ciudad saco fuerzas de dónde sea y me reincorporo, busco una banca y me quedo dormido.
Creo que la paciencia ayuda a vivir. Ánimo.
ResponderEliminar