Un amigo se ha sacado la licencia de armas y se ha comprado un revólver. Se lo he pedido prestado. Me dice que las balas no me las da, pero que sí me puede prestar el revólver siempre y cuándo no vaya a hacer ninguna estupidez. Me siento la persona más afortunada del mundo, tanto que empiezo a tener la costumbre de dormir con el revólver. Durante más o menos una semana. Más tarde me acercaría a la armería de la ciudad a preguntar por balas para el revólver. Cuándo el encargado me pregunta que para qué son las balas, le digo que son para disparar en el campo de tiro. Voy bien vestido, haciéndome pasar por uno de esos fanáticos de los disparos. Luego cojo con determinación el revólver y lo cargo en casa. Empiezo a hacer una lista de las personas a las que acribillaría a balazos. Me digo qué me preguntaría un juez, "tiene usted armas de fuego en su casa", no. Dueño y señor de un revólver me dirijo al antiguo instituto dónde estudié. Veo pasar a la nueva directora, pienso si le disparo puedo fallar, mejor a bocajarro. Veo también a otras nauseabundas profesoras. No les tengo especial odio, pero sé que son 10 minutos corriendo desde el instituto hasta casa. Fantaseo un poco, pero no demasiado para no caer en malos vicios. Me acerco a la directora y la saludo con una sonrisa de oreja a oreja. Después veo su fealdad y me espanto. La imagino bebiendo café y chupándole la polla al antiguo director del instituto. Motivo por el que consiguió el puesto. Veo tanta falsedad en la gente que no me importaría ahorrarles la deshonra. Vuelvo a casa caminando. Ordeno un poco la habitación, cojo un folio y escribo una nota: "A mis padres, mi desesperación; a mi hermana mi silencio, y a las personas que amé todo mi odio". Más tarde mi padre llegó del trabajo y charlamos durante la comida sobre el día. Le dije que hoy hacía un día especialmente hermoso. Nos miramos a los ojos, y casi a la vez, sonreímos. Sí, sin duda, dice mi padre, querido muchacho, hoy hace buen tiempo. Mi madre llama desesperada por teléfono, pero no lo cojo. Me alimenta una sensación de bienestar y de tranquilidad, como si hubiera cerrado la puerta con cerrojo. Me tiembla un poco el pulso. Así que cojo unas pastillas y trago. Camino hacia la habitación, pongo una manta en el suelo, pongo un poco de música, me arrodillo, abro la boca y todo deja de importarme.
Toda una película. Fascinante
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