Me desperté empapado en sudor amarillo. Quedé inmóvil contra la pared rezagado esperando a que pasaran algunos minutos antes de salir de la habitación. Lo que me esperaba fuera no era nada que pudiera aliviar la madrugada. Caminé por el pasillo de casa hasta llegar a la mesa del ordenador y allí vi a mi padre prácticamente con la cabeza descoyuntada y durmiendo mientras se reproducían tutoriales de guitarra clásica. Vi el reloj de la cocina y eran las cuatro de la mañana. Bebí un vaso de agua y volví a la cama, mientras repetía en mi cabeza que hoy no sería el día, que hoy no.
A las seis de la madrugada mi padre se arrastraba hacia mi habitación para rezar lo que siempre reza antes de irse a trabajar: "Cuídate hijo, intenta salir de casa". Una despedida lúgubre y solitaria que me hacía sentir siempre extraño. Antes podía sujetar su mano fría, besarla y decirle que se cuidara que lo quería; pero últimamente el intercambio de palabras se ciñe sólo a la entrada de la puerta.
Continué durmiendo hasta que fueron las ocho de la mañana y desperté con un sentimiento de desagradable intemperie. No cerré las ventanas de la habitación, ni tampoco di gracias a Dios por estar vivo. Me aproximé a la mesa y lié un cigarrillo mientras me repetía, hoy no, hoy no.
Llevo seis meses sin salir de casa para hacer nada, siendo un parásito con mala sonrisa. Deambulé de un lado a otro de la casa, sin rumbo, sin ningún tipo de pudor ni tampoco de razón. Para luego darme cuenta de que mis últimos meses de vida habían sido de lo más horribles. Poco podía hacer contra toda una atmósfera de pesadumbre y morbosa muerte, vejez y decrepitud.
Lié un cigarrillo y fumé en la ventana mientras me decía que antes de cortarle la lengua al gato es mejor arrancarse los ojos. Después me veo aproximándome a mi padre con un cuchillo, me hincho de pánico, empiezo a sollozar, hoy no, por favor, que hoy no ocurra...
Cojo una chaqueta y le lleno los bolsillo con tabaco, filtros, papelillos y dos mecheros. Voy a la cocina y cojo turrón duro y lo guardo en el interior de la chaqueta y mientras elijo los pantalones de mi funeral me digo que al menos saldré esta noche.
Voy al baño y lleno la bañera con agua caliente, y por darme un capricho le vacío un brick de leche entera. La mezcla blanquecina me llama y yo la sigo. Me desvisto los harapos y me siento en la bañera. Empiezo a acariciar mi cuerpo con pudor mientras lloriqueo y me retuerzo al pensar que he perdido la partida, porque sino no me podría explicar esos arrebatos de violencia que siento hacia mi padre, porque sino no se explicaría ese asco hacia la voz de mi madre. El mudo y la carcajada. Mi padre y mi madre.
Frente al espejo me afeito concienzudamente y me peino con cuidado. Luego pienso que todo está mal. Los padres, las clases de civismo, la gente, las enamoradas, los chicos que viste camisetas de marca, las personas que hacen asaderos, la felicidad, todo está tan jodidamente mal. Cojo la máquina de afeitar y me rapo la cabeza al cero. Correteo desnudo y mojado hacia uno de los cajones del mueble de la habitación y saco una navaja. La introduzco en el bolsillo principal de la chaqueta.
Pienso después que debería despedirme de todo lo que existe y conozco, así que tiendo la cama, barro la habitación y perfumo la almohada con la colonia que me obsequió mi padre por mi cumpleaños. Me echo un poco en el cuello y inspiro aire entre la lengua y los dientes, como un pervertido, como un depredador. Me pongo la ropa interior y los calcetines, me introduzco el pantalón y todavía lloriqueo un poco hasta que me calmo y con la frialdad de alguien nuevo busco en la mesa el reproductor de música y me ensordezco con música hardcore.
Tampoco hay que hacer un gran drama por algo así. Salgo a la calle y empiezo a caminar, alejándome de casa todo lo que puedo. Encontrando por el camino a mucha gente que, en realidad, no me importan nada. Sigo caminando hasta que cae la noche y me arrastro hacia la plaza para dormir en una de las bancas de piedra.
Ni siquiera era una competición por ver cuántos días podías sobrevivir en la ciudad fuera de casa, pero incluso así, dentro de la ciudad, fuera de casa, me sentía más arropado que en mi propia cama. Duré unos 3 o 4 días antes de aburrirme de todo ese trajín y terminar resolviendo el origen de todos mis problemas, la ausencia de voz, el silencio, y la lentitud...
Ya era habitual ese tipo de desenlaces. Estaba cansado, hambriento, triste y decepcionado con la vida humana. No podía dejar de pensar que en mi mente había terminado con la vida de mi padre innumerables veces. Y que a mi madre le daba una patada por las escaleras que la hacía rodar hasta morir. Así que hice lo único lógico que podía hacer y me acerqué al psiquiatra de la unidad de salud mental. Me senté en las bancas sucias y esperé a que el anfitrión abriera las puertas del cielo.
Escuchaba música a todo volumen, casi me parecía patético este tipo de castigos por parte mío sólo para encontrar paz y tranquilidad en un psiquiátrico, pero no voy a mentir, no es la primera vez que lo hago. Allí la gente sin voluntad y sin alma, con sus cajas de inyecciones esperando su cita para ser pinchados. Otros demasiado débiles cómo para hablar, y los últimos completamente retrasados mentales, con el cerebro quemado por los químicos.
Se abre la puerta y sale mi psiquiatra. Me dice que pase. Me echo gel desinfectante y camino por el pasillo. Pienso en hacerle una broma, "estoy bien, pero soy homosexual, quiero su polla". Estoy maníaco perdido. Tampoco es una gran broma. Paso a su despacho, me siento y me pregunta qué me ocurre, si estoy bien. Pienso bien mis palabras. No quiero que un exceso de confianza me cueste demasiado caro. Me debato en si hablarle de mis pensamientos homicidas, si mentirle y decirle que pienso en matarme, o si tendría que simplemente hablarle de mi largo viaje.
o.o
ResponderEliminarHola Zarza, qué bueno leerte por aquí Le eché un vistazo a tu blog, te animo a seguir. Un abrazo.
EliminarEstoy teniendo la segunda oportunidad de salvar mi vida mediante los textos del alma. Yo también te animo a seguir... Creo atisbar por momentos en tus textos instantes de libertad plena y reconfortante, me alegro por ello. Un abrazo.
EliminarGracias por tus palabras, son agradables de leer. Y sí, sin duda lo mejor qué puedes hacer es escribir. Sigue adelante y no tropieces. Ya verás que todo irá mejor siempre y cuándo logres escribir. A fin de cuentas, liberas espacio en tu mente.
EliminarUn abrazo.
Que soltura. Que fantasía descansar de la sociedad en un psiquiátrico. 🔥
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